Tu guía esencial del arte escénico

Obra sentida del dramaturgo catalán vuelve varios años después a la escena limeña, esta vez bajo dirección de Rodrigo Torres y producción de Agosto 4. La dupla intérprete la componen Eduardo Camino y (como en la temporada previa mencionada), Attilia Boschetti.

«La golondrina» se inspira (alerta de spoiler) en el atentado en la discoteca gay Pulse en Orlando, Florida, 2016, crimen de odio de dolorosa recordación para Clua, para los personajes, para la humanidad, que deja cuarenta y nueve víctimas mortales (y medio centenar de heridos/as). Pero las cicatrices en casa pueden hendirnos más que un titular.

«Lo que realmente nos hace humanos es nuestra capacidad de sentir como propio el dolor de los demás»

La  pieza de corte bastante íntimo, de cámara, se centra en la relación que entablan, en tiempo real, Amelia, una reconocida estricta instructora de canto; y Ramón, un joven que acude a los servicios de la maestra, para mejorar su técnica vocal, y poder honrar, en una ceremonia próxima, una memoria significativa para él y su familia, a través de una canción emblemática sobre la partida y el exilio.

La clase entre profesora y alumno se va transformando en una interacción cada vez más intensa, cercana, afectiva, casi (así la sentía) entre una madre y un “hijo”, que van develando, capa por capa, una aflicción que los une pero que, a la vez, los confronta; que los vincula mas los separa, los quiebra. Una despedida marca sus respectivas vidas; y este encuentro vocal entre un asiento y el piano, la de ambos. 

«Es la golondrina
Que de aquí se va
Por si en el viento
Se hallara extraviada,
Buscando abrigo
Y no lo encontrará».1

Cada cual clama por su derecho al duelo, pero parece excluir el del otro/a. ¿El vacío de una madre ante el nido arrebatado golpea más que la rabia reivindicativa de un amor cercenado? ¿La impotencia ante el miedo intolerante es más legítima que la angustia de la sangre? Dos seres lacerados por dentro se espetan las raíces de su sufrimiento sin validar las de a quien exigen escucha. ¿«Eres una bestia, Ramón» (paráfrasis a Amelia)? ¿O «Lo que realmente nos hace humanos es nuestra capacidad de sentir como propio el dolor de los demás»?

Las actuaciones con una intensidad visceral, que corre por dentro, en la intimidad de la sala (literalmente hablando) de Amelia potencian el carácter inmersivo de la puesta. 

Una Amelia (Attilia) contenida en sus irrupciones vocales intempestivas pero comedidas desde el taburete o sofá, en su verbo indignado como en su angustia culposa e impotente nos atrapa en cada sinuosidad de su rostro y mirada cabizbajos e internos, erosionados por el recuerdo. Un Ramón (Eduardo) de voz algo acelerada y por momentos punzante, de movimientos a veces dubitativos pero decididos mas con freno de mano, enrostra sus reclamos hirientes y, a su vez, dolientes hacia Amelia. Ambos ventilan heridas, verdades, urgencias de empatía y consuelo, que tiran y aflojan sus distancias en torno de «(…) la golondrina que de aquí se va».

Respecto de la locación, la sala de Campo Abierto constituye un espacio no convencional en términos teatrales, pero dota de teatralidad la puesta si se asumen sus muebles, texturas y recovecos como parte de la convención de la trama recreada. Personalmente, en general, me siento más cercano de la caja negra, sin escenografía; empero, despojar esta sala de su mobiliario, cuadros o adornos podría generar una ilusión forzada: están físicamente ahí (o dejaría mucha evidencia su retiro). Rodrigo, actriz y actor toman la sala del recinto como está; y meten las sillas, sillones y accesorios en la ficción: son las sillas, sillones, accesorios de la sala de Amelia; no de la casa que acoge al elenco, director y producción, y recibe al público. El equipo hace suyo un escenario cubierto físicamente de hogar cotidiano, vacío de utilería teatral. Es como si estuviéramos sentados en esa sala, no en butacas ante un escenario. Entre banquillo, piano, textos, adornos, el alumno se abre a la profesora, pero, en esa intimidad, parece confesarse con nosotras/os; y Amelia rememora galletas de naranja que, por fin, parecen encontrar asidero ante sus ojos (y que podemos degustar con la mirada). 

«Junto a mi lecho
Le pondré su nido
En donde pueda
La estación pasar
También yo estoy
En la región perdido,
¡Oh, cielo santo!
Y sin poder volar»2.

«La golondrina», escrita por Guillem Clua a la luz de un desprecio que violenta y el silencio anuente que lo normaliza, nos recibe como una pieza solícita; dura; honesta, no desde afuera sino expuesta desde dentro ante el otro/a como espejo; conmovedora; tierna; desgarradora… mas sonriente, en torno del dolor, de su humanidad, de la necesidad de atravesarlo, del perdón. Reposa sobre el amor de la añoranza, la añoranza en el amor. Attilia y Eduardo despliegan dos performances que se miran desde la herida abierta ante el silencio cómplice, desde la impotencia por la aceptación tardía; exponen sus grietas en carne viva en la piel de una bandeja herida que no cierra con agua, que respira en cada foto, que rubrica su portada.

Tienes solo tres funciones más de este canto sentido al ave que migra hacia un exilio forzado sin retorno, desde la vulnerabilidad de una madre, desde la humanidad del lecho compartido; al pie de un teclado, de un banco, de una mesa con kiwis recóndita en la sala de la Asociación Cultural Campo Abierto, en Miraflores (a una cuadra del Teatro Británico, a un paso de la Bajada Balta). 

«Es la golondrina
Que de aquí se va.

Es la golondrina
Que de aquí se va.

(…)» 

Paulo César *

*Paulo César Polo Chávez es creador escénico. Conduce La Mirada de Leandro, espacio de entrevistas, análisis y reseñas, y difusión de proyectos en ese campo artístico, en la red social Instagram.

  1. Pasaje de la canción La golondrina, en versión adaptada a la obra de Clua
  2. Ídem