Obra cómica de Jonathan Spector se presenta en teatro La Plaza en montaje dirigido por Vanessa Vizcarra con asistencia de Sebastián Valdez; e interpretado por Manuel Gold, Anahí Padilla, Stephany Orúe, Diego Pérez, Fiorella de Ferrari y el propio Sebastián.
La pieza nos ubica en 2017 en California, en una escuela primaria privada de corte comunitario (o cooperativo), Eureka, en particular, en las reuniones del consejo administrativo que la conduce, integrado, en buena parte, por padres/madres de familia del colegio —Carina (Anahí), Meiko (Stephany), Eli (Diego), Suzanne (Fiorella), Nuevo Miembro (Sebastián)—, bajo coordinación de Don (Manuel), el director de esta junta. En aras del espíritu democrático e inclusivo de la institución, ante cualquier tema en discusión, el comité busca adoptar decisiones por acuerdo consensuado; y se maneja en términos (de lenguaje) que eviten activar estigmas de género, religión, postura o de cualquier tipo. El punto es que esa corrección política se extremiza tanto que deriva en un cliché irrisorio que, inclusive, torna una voz de apertura en un discurso de cancelación. Esta premisa satírica atraviesa el texto de la obra, y se plasma en la configuración verbal y no verbal de los personajes; y el espacio que los articula en escena nos inserta en la intimidad de sus interacciones.
La exacerbación de la corrección
La historia discurre, centralmente, en reuniones del referido comité. Cada sesión nos presenta los intercambios de ideas de los miembros/as y cómo proceden ante cada punto en agenda. El eje de la pieza reside en que el afán por cuidar cualquier atisbo de incomodidad o posible “afrenta” a la identidad o visión del otro/a llega a un nivel de tirantez que se entrampan cada vez más las interacciones, y se vuelve ridículo ante nuestros ojos. Qué se dice o se deja de decir, qué materiales se emplean, qué ejemplos históricos se utilizan, por qué se argumenta mas no se vota, cómo y a quiénes se consulta discurren a lo largo de la escenificación con una intensidad trepidante que potencia el absurdo que se construye y la consiguiente hilaridad de las situaciones que se suceden.
Como espectador, sentía que el foco de la obra era ese: ridiculizar la comunicación híper cuidadosa a un nivel que termina impidiendo la propia comunicación. Mas, en ese marco, aparece un momento clave que establece un antes y después en la trama, por un lado, y en nuestro eje de atención, por otro. (Alerta de spoiler) Un caso de corte médico en la escuela deviene en uno de salud pública, y conlleva intervención de la autoridad estatal correspondiente y las medidas por adoptarse cuando el hecho pone en el tapete la vacuna ante el cuadro clínico suscitado.
Cómo reaccionar ante la notificación que no invita sino determina cómo proceder; cómo transmitirla a la comunidad de padres/madres de la escuela para que todos/as sean participados/as del hecho y participen del diálogo en torno de él; y, en particular, cómo abordar la decisión de cada familia de haber vacunado/vacunar o no a sus hijos/as cobran la atención de los/as protagonistas como del auditorio… sin perder el humor detrás de las tribulaciones comunicacionales en que cae el comité y las demás jefas/es de familia. En realidad, como la veo, la polémica en torno de la vacunación es solo un detonante (no el eje temático) para disparar un mirada más allá de la mordacidad de la obra de Spector, sin dejar de lado su tono caricaturesco.
Aquí, la corrección expresiva pierde piso de un momento a otro y de manera notoria en los personajes centrales y más allá de estos; la escenificación visual-textual (no diré cuál; vive la experiencia tú mismo/a) de este momento constituye un pináculo delirante de incomunicación, que pone en bandeja la hipocresía detrás de un discurso que abraza al compañero/a y a la colectividad. El absurdo y las carcajadas del público crecen exponencialmente; empero, el acercamiento hacia el trasfondo que motiva esa interacción ridiculizada se ha asentado en nuestra mirada desde la butaca. Lo políticamente correcto o no pasa de ser un tema abordado con sorna sin veto pero ligera en su mordacidad (desde mi palpar al menos) a un asunto que pone en entredicho los aspectos neurálgicos de cada personaje como ser de principios éticamente incuestionables para cada cual, y de mayor interpelación por parte de nosotros/as.
De la corrección a la cancelación

¿Qué ocurre cuando los puntos en discordia colocan a los/as integrantes del comité (y de la comunidad de la escuela en conjunto) en una situación dilemática que pone en entredicho los principios fundamentales de cada quien, a un nivel que podrían excluirse mutuamente?
En particular, el dilema en torno de las vacunas reside en una decisión que puede ser muy respetable por cada familia y persona, en tanto que ejerce su libre albedrío; pero esa decisión repercute en la colectividad con la cual conviven día a día. ¿Qué ocurre cuando los puntos en discordia colocan a los/as integrantes del comité (y de la comunidad de la escuela en conjunto) en una situación dilemática que pone en entredicho los principios fundamentales de cada quien, a un nivel que podrían excluirse mutuamente? ¿Qué pesa más: el interés individual o el colectivo? ¿O, como anota Vanessa, la directora, la dicotomía es falsa, pues el bien colectivo lo es en la medida que repercute positivamente en los individuos que componen la comunidad? Las sesiones pasan de girar en torno de agendas operativas más atentas a las fórmulas de tratamiento verbal hacia unos/as y otros/as, a un campo de discusión bastante álgido sobre miradas pro vacunas y antivacunas, sobre la solidaridad o el egoísmo; a un grado de exaltación en que la corrección de porcelana con que se exponían ideas y frases hechas devienen en acusaciones que hieren no solo susceptibilidades sino a la persona como tal en su lado más vulnerable. Quienes aducían razones con una sonrisa asertiva ahora imponen su razón con ceño fruncido porque dicen tenerla; hacen la salvedad de respetar la perspectiva del otro/a, pero no escatiman en defender su verdad con una irascibilidad que devela su yo más auténtico, uno que apela, incluso, a estigmas que evidencian que, detrás de una apertura a la diversidad en todas sus manifestaciones, pueden subyacer prejuicios que conllevan la discriminación que les generaba tanto escozor. Estas voces se despojan de su bandera “políticamente correcta” y blanden una lanza política (educativa) que esgrimen como “la correcta” (según cada cual).
La sala de estar, los muffins, los personajes (ya no tan) sonrientes
Retomando el espíritu humorístico que atraviesa «Eureka day», desde mi percepción, este se plasma, en gran medida, en el contraste entre la lógica absurda con que discurren las sesiones eje de la pieza y la construcción más naturalista de los personajes, en términos físicos. Sí, sonríen más de lo habitual y en un grado algo subido de azúcar, pero propio del código de la obra; en general, se muestran en equilibrio corporal, vocal y facial. Lo ridículo emana de sus parlamentos, de la dinámica de las reuniones, de ese afán por casi no poder decir nada por no ofender a nadie hasta cuando no hay ofensa alguna. La seriedad con que abordan cada punto de la agenda, cada disyuntiva, cada decisión, de forma trilladamente “inclusiva” genera un efecto hilarante. Quizás, Don exhiba una fisicalidad más cómica: su desgarbo, sumado a su mirada sumamente sonriente plasmada en rostro y voz (y, por supuesto, en verbo), parece funcionar como ancla caricaturesca de las situaciones sui géneris que disparan la jocosidad de la obra. Y, en cierto sentido, en una primera parte, Suzanne muestra un desenvolvimiento sonriente extraído de un infomercial. Pero ambos no se quedan en esa configuración estereotipada, en especial, cuando las desavenencias se dilatan a un nivel insostenible. Por su parte, Meiko y Eli juguetean coquetamente sin salirse de un molde regular. Carina, como nueva integrante de la escuela, se muestra escéptica más allá de su afabilidad; su composición física-emocional se acerca más al tono dramático que va ganando la obra paulatinamente, dentro de su comicidad como pieza escénica. Los cinco actores/actrices principales construyen personajes sumamente creíbles; juegan el juego que propone Spector desde una configuración vocal-gestual-corporal que los/as invita al universo absurdo de la obra sin impedir salir el acercamiento más dramático de sus respectivos roles.
Por otro lado, la ambientación donde tienen lugar las reuniones del comité emite un aura tan relajada como la sonrisa que dibujan los personajes al iniciar cada sesión, en especial, Don y Suzanne. Evoco un área de descanso de médicos/as (sí, de ficción televisiva) o de docentes, con cojines, tapiz, sillas acogedoras. Los/as protagonistas no se ubican a la mesa sino que, según les provoque, se sientan, se estiran; con excepción de una Carina (más adusta que sus pares), caminan con placidez, con una energía sonriente propia de una parodia de una jornada evangélica o de una clase de yoga, acorde con el perfil satírico de la obra. Los colores agua de los elementos en escena rubrican la vibra positiva del espacio; este fresco cromático y las texturas de las superficies, el diseño en sí; y la disposición de los protagonistas en él me sitúan en una sala de reuniones distendidas en Estados Unidos (más allá de la pantalla -aunque sin desconocer las referencias geográficas en los parlamentos), sin rasgos de estereotipo más allá del tono pintoresco que configura y critica la obra, y sin desdemedro de áreas similares en otras locaciones. De lado y de frente, el lugar se siente amplio y muy acogedor; eso sí, la energía se orienta hacia adelante en el centro: ahí se sostienen los diálogos que inician el año con una cita textual de buen ánimo y se endulzan desacuerdos y silencios incómodos, con muffins.
Conforme la tensión en las sesiones crece, esta se nutre del foco de la interacción cerca del proscenio (parte delantera del escenario). Cuando las discusiones dejan el sosiego en la puerta, que estas remitan al mismo cuadro que las concentra refuerza la intensidad cada vez mayor con que se desarrollan. El espacio es el mismo, pero la comodidad física se va desvaneciendo. Los personajes ya no lucen tan relajados; su despliegue físico ya no se desliza tanto sino que presiona. Meiko se ejercita (y ya no descalza) mas para despejar estrés; El seductor Eli habla con ciertas pausas dubitativas. La rectitud escéptica de Carina se plasma con mayor énfasis, a la par que Suzanne acelera las pulsaciones de su gestualidad y expresiones; y, en un momento dado, el propio Don llega a cambiar su espíritu Kumbayá por un hálito de exasperación.
En conjunto, la puesta no pierde el registro cómico que la atraviesa, solo que este se enmarca en una atmósfera más enrarecida que permite aflorar la complejidad tribulada de los personajes y, con ella, su vulnerabilidad. El juego al que apela la obra para caricaturizar la corrección política desmedida deja aflorar los seres que hay detrás de cada postura a luces de algunos/as intransigente, pero motivada por un apego no gratuito. Los prejuicios que corren por debajo están ahí, mas sobrepasan a los protagonistas que los exhiben con un discurso aparentemente inclusivo ( y que, en cierta medida, tal vez, lo sea). No siento que la obra juzgue a los personajes; plantea sus miradas ante situaciones controversiales que los colocan en un límite en que abrazar al otro/a y sus diferencias cruza líneas rojas que asumen infranqueables.
A través de un ritmo ágil con picos de jocosidad por actitudes ridiculamente desproporcionadas de sus protagonistas, «Eureka day» trivializa una corrección política con espíritu inclusivo aparente, para poner en agenda motivaciones más auténticas de sus personajes, solapadas por un discurso de apertura extrema que parece obedecer más a una pose que a una apertura real, por bien intencionada que esta fuera. Cuando las papas queman, los ajos y cebollas salen a la mesa para aderezar unas vísceras no exentas de prejuicios.
«Eureka day» fue escrita hace nueve años, pero las reminiscencias con los últimos seis, incluidas las discusiones vigentes sobre cómo afrontamos ese periodo crítico, se respiran como premonitorias en esta comedia crítica sin pelos en la lengua. La obra vira la discusión hacia el tema de vacunación, mas, desde mis sensaciones, este es una excusa para poner sobre las íes una disyuntiva que lo trasciende: ¿son realmente irreconciliables el bien personal/familiar y el común? Spector se focaliza en la argumentación de cada una de estas miradas; no nos dice qué pensar, pero el decurso de la trama deja entrever que la polarización detonada no cabe con la ruta que pide nuestra convivencia. Como ocurre con la Educación Sexual Integral (ESI), cada familia puede decidir cómo orientar la formación sexual de su hijo/a, pero el comportamiento de él/ella según esa guía repercute en sus compañeros/as de colegio o barrio, y, por extensión, en la ciudadanía.
Eres bienvenido/a a reír con «Eureka day», e interpelarte cómo te ubicas entre el tú, el yo, el otro/a/s. La junta administrativa se reúne en Teatro La Plaza (en Centro Comercial Larcomar) de miércoles a sábado a las 8 PM y domingo a las 7 PM. ¿Y tú eres políticamente correcto/a?
Paulo César *
*Paulo César Polo Chávez es creador escénico. Conduce La Mirada de Leandro, espacio de entrevistas, análisis y reseñas, y difusión de proyectos en ese campo artístico, en la red social Instagram.
