Tu guía esencial del arte escénico

«El hazmerreír», puesta humorística reivindicativa en torno de la figura del cómico ambulante, y sobre la relación entre un hijo y su padre, acaba de cerrar su tercera temporada, esta vez, en el Nuevo Teatro Julieta, siempre bajo la casa productora Ovejas Negras Humor y Sociedad. La obra ha tenido un éxito rotundo no solo por las risas que provoca en el auditorio a lo largo de hora y media, sino, y en especial, por la conexión que establece con él más allá de un gag. El público se vincula con su propia realidad a través de la trama pero trascendiéndola, y con aquella de muchos/as que no tienen voz en la agenda artística oficial o que reciben escucha en un segundo plano; y con una cultura no exenta de violencia detrás de cada círculo de tiza.

«El hazmerreír» vuelve en una única función este 11 de julio en el Teatro Campus Norte, en el Centro de Innovación de las Artes (CEIA) de la Universidad Científica del Sur (Ucsur). El poder de llegada que tiene esta pieza, y la sutileza con que nos envuelve textual y sensorialmente en una atmósfera dura desde una nostalgia risueña y doliente motivan la presente reseña.

De la calle al unipersonal

La puesta es dirigida por Verony con asistencia de André Portugal, y producción ejecutiva de Genoveva Huerta; y protagonizada por Job, actor y muy reconocido comediante. El proyecto surge tras una investigación copiosa de parte de Verony y Job sobre el arte cómico popular. A partir de casos reales, diálogo con representantes de este arte, bibliografía y registros audiovisuales, vivencias del dramaturgo y dramaturga, y una exploración paciente desde el piso escénico mismo, la pareja autora de la obra va encontrando un vehículo para concretar un propósito que Job tenía muy consciente: conectar el monólogo de bar o teatro con el de la calle, ambos de la misma vena humorística hacia y con el público, pero no partícipes del mismo espacio de apreciación social. El comediante de tarima o tablas es reconocido abiertamente; ¿por qué el cómico ambulante es tratado como un artista de “menor rango”, y a pesar de su salto exitoso a la pantalla chica en la década de 1990? El texto se construye en la lógica y formato de un monólogo de humor en sala, pero bajo el aura del ruedo de plaza.

Antes que tomar la historia individual de un comediante, la obra concibe un “Frankenstein” (palabras de Job mismo) que recoge un yo cómico popular que empata con los distintos artistas que se embebieron del cara a cara con el/la transeúnte y que registraron picos nada desestimables de sintonía en pantalla chica. No es la vida de Tripita, Cachay o Carechancho; es la historia de Chimi a través de los ojos de Hijo, de un yo arquetípico que se construye como memoria personal, íntima, de un quehacer colectivo que habita plazas emblemáticas como la San Martín y bebe dificultades más allá de la escena callejera.

El proceso ha sido arduo y contempla distintos desafíos. Por una parte, «El hazmerreír» es un encuentro a distancia entre un hijo y su padre. Un proceso de duelo paternal en el seno creativo de la obra constituyó un impulso directo para abordar la memoria del yo hacia el progenitor presente y ausente, hacia el hombre con atributos sonrientes y prácticas tan cotidianas como poco felices en muchos hogares. Concebir un universo desde una experiencia dolorosa y la necesidad de la perspectiva para aproximarse a dicha vivencia ha involucrado una labor dramatúrgica compleja pero, según percibo, necesaria. Este acercamiento me parece que dota de un carácter personal a la historia que presenta el hijo en escena, que la sitúa en un entonces de él y de su padre que es un aquí y ahora, que la hace más suya como bastante nuestra.

Por otra parte, Job, como comediante, maneja un estilo fino, mordaz con situaciones críticas, y lejos de un discurso agresivo, o con sustrato prejuicioso o discriminatorio; «El hazmerreír» lo traslada en la performance a un humor de hace treinta años atravesado por una cultura machista o con un lenguaje sancionable hoy en día. Así mismo, imagino lo complicado que puede resultar apropiarse de un escenario como actor desde la cancha del comediante y recurrir a ese formato para atrapar al auditorio, pero despojarse de este rótulo ante el público para convocarlo a la convención teatral que toma el chiste como recurso para imbuirnos en un trasfondo que subyace a cada remate, a cada risotada desde la platea.

Job, Hijo, Chimi: del stand up al monólogo

En escena, Job construye un aspirante a comediante y luego comediante, hijo de cómico ambulante. Lo hace en modo testimonial revestido de stand up comedy, formato este último que él, como performer, siente como sala de su casa; pero aquí la trasciende. Como intérprete de un personaje-relator, Job transita entre el protagonista Hijo y Chimi, su padre; desde la memoria de Hijo, elabora un storytelling que marca la estructura argumental de la obra. Job y Verony acotan este punto esencial: la directora saca partido a la habilidad y oficio desarrollado por el artista como comediante, para recrear el mundo íntimo de Hijo, el universo de Chimi; y (apunto aquí yo) meternos, como público, en el bolsillo.

Job sabe que lo ubicamos como estandapero y, desde ese marco consciente, nos introduce en una pieza teatral que parte de la conexión con la carcajada cómplice, y nos lleva por la vulnerabilidad del padre y del hijo que busca emularlo. Así, a partir de vivencias de Chimi vistas por Hijo, este último nos presenta al Maestro, al Tío, a los vecinos/as, el entorno a través del cual conocemos al cómico maduro (Chimi) de plaza y TV en los años 90, y al propio protagonista (HIJO) que comparte su historia con nosotros/as. Nos acercamos al padre, y su mundo de carencias y calle hostil que embriagan sus historias y su organismo, y al esposo y miembro de familia embebido de misoginia, desde la mirada del hijo que no percibimos juiciosa sino con una inocencia que le permite abrazar el recuerdo pero resentir el maltrato.

En otras palabras, ese evocar desde un presente ante el público se erige bajo la lógica del stand up comedy como formato, con contenido testimonial-autoficcional (colectivo). Job se posiciona como comediante que se ríe de su persona… ¿El actor o Hijo? Ese juego se extiende a Chimi: padre e hijo se burlan de sí mismos, porque «Es mejor reír que llorar» para sobrevivir la calle, para disfrutar sus sueños de talento, para ser felices. Nos reímos con ellos, pero, mientras lo hacemos, empatamos con sus frustraciones; nos distanciamos del padre machista que se entrega emocionalmente en escena mas planta una barrera ante la ilusión tierna de su hijo, y despide vicios contra la integridad de su esposa. Y todo lo vemos a través de los ojos de Hijo como rutina de humor para acceder sin peso él y nosotros/as su lado más doliente.

El discurrir entre Hijo y Chimi a través de un narrador que posa su voz enunciante cómica sobre sí mismo y su padre, en la interpretación de un actor a su vez comediante nos coloca en una sensación ambigua entre un testimonio con licencias autoficcionales o la ficción a partir de un cómico de inspiración real traducido en personaje (o un híbrido que se nutre de y aglutina varios artistas de plaza). Job, Verony y todo el equipo detrás de «El hazmerreír» nos coloca frente a Job con la duda de si el performer nos cuenta su historia en el marco de la de su padre; muchos/as podemos salir del teatro pensando que el actor es hijo de un cómico ambulante. La obra potencia ese juego para involucrarnos más con una puesta que nos mueve entre carcajadas; y nos conmueve con la sonrisa de un niño que quería ser comediante como su progenitor y que este ría con él, con el humorista de tarima de hoy que se para noche a noche con la esperanza de que su padre lo aplauda desde la butaca en que quizás se encuentre.

La precariedad con aroma a cerveza

A nivel de puesta en escena, debo destacar la propuesta sensorial del montaje: el desenvolvimiento vocal y corporal, el vestuario y diseño de arte, la música nos trasladan, de principio a fin, al mundo precario de Chimi y a la memoria sensible de Hijo. Me resulta llamativo el contraste entre la voz altisonante de Chimi y la sosegada de Hijo (y entre risueña y coqueta de Verónica -en off). El cómico de plaza se nos presenta con un raspado aguardientoso que me lleva al ruedo de amigos al pie de un jonca de chelas; la del niño que lo rememora, a la sala de juegos donde el padre es un héroe en pedestal. El trabajo con garganta que desarrolla Job es, sinceramente, un punto aparte: me siento ante él como Chimi y no sé cómo puede mantenerse audible sin destrozar sus cuerdas vocales mientras Chimi va resquebrajando las suyas; el entrenamiento detrás de esa evocación sensorial al barrio me acompaña incluso ahora que escribo estas líneas. Además, el abordar el rol icónico como el protagónico que lo rememora, con una naturalidad vocal cotidiana percibo que nos acerca mucho más a la atmósfera del stand up: no solo no hay tonito teatral (difícil de dejar en el clóset para muchos actores/actrices) sino que parecemos escuchar, realmente, al comediante, al niño, al narrador de su propia historia, sin perder la convención del unipersonal (ni perder del todo la sensación de estar ante un espectáculo humorístico sobre Job y su familia). Sumado a ello, la postura corporal y desplazamiento de Job transita, sin forzarlo, del Hijo erguido y liviano, que se desliza a paso a ligero por el centro del escenario; a Chimi más encorvado y con movimientos algo más afilados, como si cada emisión verbal áspera aguda llegara con un corte y entrecorte desgarbado, hasta encogerse paulatinamente como caja de cerveza.

Y hablando de esta última, puedo sentir su aroma bien helena a lo largo de toda la presentación. Claro, Chimi abre una botella, bebe de ella; pero es más que eso. El cerco ovalado de cascos de cerveza detrás del actor y sus personajes (punto para el diseñador César Ulloa) explicita ese vínculo con la bebida, y tiñe toda la presentación de cebada y espuma. Y, ciertamente, esa disposición de los cascos no es gratuita: abre el ruedo del comediante al público, ese que completamos nosotros/as desde nuestros asientos. Nos lleva a la calle, al jirón; y también al barrio, a las perdidas entre chupeta y chupeta, a las celebraciones… y (sensación personal) hasta el vaso compartido en velorio. Así mismo, la silla blanca en escena, la superficie de fondo con aires a material también plastificado en que se proyecta para nosotros/as lo que Chimi ve en un televisor ochentero-noventero (de pantalla curva) de no más de 20 pulgadas; las camisas coloridas que visten (y cuelgan) el lado oscuro del padre con cumbia fiestera; y, por supuesto, la cajetilla de cigarros de Hijo, con que busca cautivar el orgullo del padre, del comediante recorrido… y llamar su atención sobre sus vicios; toda esta propuesta visual nos sumerge en la precariedad económica en que viven Chimi, Hijo, la familia, esa que confrontan día a día, plaza a plaza, con risas para curar el hambre y el dolor, y un seco y volteado para cortar la resaca.

  • Y es reconfortante para el equipo de «El hazmerreír» (y para mí como espectador) que, en adición a un concepto traducido en dirección artística, hay mucho juego, exploración desde el trabajo de piso, un probar y jugar con ideas y alternativas sin miedo a dejar de lado unas u otras, y brindar espacio para que los accidentes y “errores” que aparezcan nutran la puesta antes que obstaculizarla, en pared con la cabeza que los apila y orienta. Así, por limitaciones propias de la autogestión, apareció la caja de cartón casera provisional rotulada artesanalmente (Cigarros -ver imagen debajo) que terminó potenciando los pininos de Hijo como humorista desde la sala de su casa. Y por necesidad análoga (con unos cuantos ceros por derecho de autoría del tema inicialmente pensado) surgió la canción que rubricó el aura inocente del pequeño con sueños de futuro comediante: aplausos para André (Portugal) y Giovanni Oviedo.

En conjunto, el diseño de montaje de «El hazmerreír» configura un universo visual, sonoro, táctil, olfativo, gustativo que nos envuelve en una rutina de stand up como recurso que nos adentra metaescénicamente en el mundo del cómico ambulante, de la comedia popular de calle; y en los ojos tiernos que rememoran esas vivencias; en una atmósfera que nos hace respirar la cerveza del barrio en lo que sentimos como la rutina de un comediante antes que como una pieza teatral (que lo es) que trasciende el chiste para mostrarnos a quienes nos lo cuentan.

Del unipersonal a la calle

«Es mejor reír que llorar para sobrevivir la calle»

En conjunto, Job apela a todos sus recursos actorales y como performer de stand up para colocarlos al servicio de una presentación que, en este caso, no versa sobre él mismo, sino que construye un álter ego escénico, Hijo, a través de quien conocemos a su padre, Chimi, un cómico ambulante que salta a la televisión en los años 90. Hijo construye, desde el storytelling, una rutina de comediante en la cual, como versa el género escénico, se ríe de sí, de su historia como cómico, que se cultiva desde la infancia a la luz de su padre humorista, y de su vínculo con él y su entorno.

«El hazmerreír» es un unipersonal teatral refrescante dentro de su intimidad sentida y honesta, que nos sumerge en el mundo de un cómico popular rememorado por su hijo comediante en su rutina de humor, hijo interpretado por un actor que apela a su dominio estandapero para hilvanar una performance con tal sutileza y pulcritud que dudamos de si asistimos a la presentación de dicho actor, de su personaje o del evocado por este último. Nos reímos con los chistes sin ambages de un hombre que traza un ruedo para hacer brotar carcajadas de transeúntes en plaza sin escatimar un discurso políticamente incorrecto; como con la inocencia del niño y joven que sigue esos pasos pero que sale del círculo de tiza de trazos autodestructivos, y diagrama un camino propio que abraza la precariedad pero que se permite aislarse de un discurso misógino.

Muchas espectadoras/es fueron a ver a Job, el comediante que ha cruzado fronteras con un humor fino, ácido mas empático; o a conocer más de los cómicos ambulantes que vieron en pantalla curva hace tres décadas (algunos de los cuales -o sus hijos/as- han podido reír y enternecerse con el unipersonal de Job y Verony); buena parte de esa audiencia pisó así el teatro por primera vez y lo hizo conectando con una historia que nace en la calle, desde el candor de una sala que esperamos que acoja al ruedo de plaza tanto como el micro abierto en bar o tarima. El CEIA de la Ucsur extiende una invitación para disfrutar una pieza elaborada por un equipo entrañable, que abre la noche en las tablas de una voz tan recorrida como humilde, discurre con la memoria personal de una cajetilla y te conecta con las sombras de licor tras las carcajadas de una plaza.

Paulo César *

*Paulo César Polo Chávez es creador escénico. Conduce La Mirada de Leandro, espacio de entrevistas, análisis y reseñas, y difusión de proyectos en ese campo artístico, en la red social Instagram.